domingo, noviembre 8

... y pensé que era bueno

Caminaba a casa, distraído como siempre por mis pensamientos sobre el futuro... hacía ya mucho que no andaba por éstas calles; cuando me dijeron que no habían terminado de reparar la camioneta no me molesté, casi diría que me alegré.
De pasadita me saludaba mucha gente y a todos respondía. El tamaño de la ciudad tenía sus ventajas: si no por completo, a todos conocía algo... hoy me sentía muy bien y la caminata me puso mejor aún. Aunque era tarde no tenía apuro...
La vi delante, empujando su carro en plena cuesta, seguro lo haría todas las noches, pensé... aceleré el paso, cuando me sintió llegando por detrás se sorprendió y se paró firme, sin dejar de empujar su vehículo.
La había visto muchas veces vendiendo en la esquina de la plaza Castilla —buenas noches señora... ¿le ayudo?— me miró con ojos muy abiertos, lo entendí como una afirmación. Ya era mayor, de cuerpo pesado y corto y las mil chompas que traía encima le daban mayor volumen aún.
Antes lo había hecho, ¿porqué no ahora?... Frank me enseñó...


El gringo trabajaba como obrero en la empresa, vivía cerca de mi casa en San Mateo, nunca lo entendí, era uno de esos tipos raros... siempre de blue jean y cuando cambiaba de camisa era difícil de que te des cuenta, pues todas tenían cuadros de todos los colores. Todos le decíamos que podía estar mejor con su familia en Estados Unidos, pero respondía que había escogido vivir con nosotros y no contaba mucho más de sí... cambiaba el tema de manera sutil.
Esa noche subíamos luego de comprar una botella de ron para el cumpleaños del Moisés. Cuando me entregó apurado la botella no entendí qué pasaba y menos cuando aceleró el paso para ir tras un triciclo; saludó al dueño y se ofreció a ayudarlo, le respondió con una sonrisa y juntos avanzaron por la pendiente.
No sabía si ponerme a su lado, escondía mi vergüenza en la oscuridad... me acerqué un poco, avancé en silencio escuchando a Frank preguntando con interés por lo que le contaba el dueño de la carretilla... cuando lo hice yo sólo, semanas después, entendí que no había nada de malo en ayudar a la gente trabajadora, hasta me sentí bien, cojudo yo...
Él me jaló a la iglesia, su tiempo lo ocupaba entre la capilla y la empresa, y claro, participaba en todas las actividades de la gente del barrio. No pensé que pudieran haber gringos así... ayudando a los carretilleros que subían por la noche a guardar sus tiendas rodantes a San Mateo... para ellos era un pequeño respiro, pues vivían en las partes altas y aún les quedaba mucho por andar.


... depositaba su cuerpo sobre el timón para lograr empuje. Me ubiqué a la derecha, al otro lado del asiento. En cuanto deposité mis manos, el triciclo se aceleró... íbamos en silencio, el caminar era lento y la cuesta larga...
Nuestro ingenio es grande, con las alas que había añadido a la carreta amplió el área donde ofertar sus dulces y golosinas, y hasta donde almacenar... pero el triciclo era realmente pesado y por momentos parecía que se nos volteaba.
Distinta vi la ciudad desde éste ángulo, tal vez ya no recordaba. La cooperación alemana había permitido asfaltar la subida de San Mateo, se trataba del ingreso principal al primer Pueblo Joven que surgió en Pilcas... seguro que antes fue más difícil empujar la carretilla por ésta vía...
Apenas subimos unos metros y ya veía los techos de las casas del Cercado, la zona céntrica de la ciudad, la abundante luz que manaba de la plaza de armas la hacía notoria por sobre los demás perfiles oscuros...
Me sentía bien en la oscuridad sirviendo a ésta señora, sin poses. Cosquillitas recorrían mi pecho y el corazón se me ensanchaba, antes lo sentía más seguido y es que muy rápido, en pocos años, había cambiado tremendamente mi vida, tal vez más de lo que yo hubiera querido...


... encolerizado me dirigí a radio “Papá”, no podía soportar tanto abuso; habían lotizado el parque que durante años los vecinos de San Mateo defendimos de invasiones, es que necesitábamos el parque para nuestros hijos... pero esta vez los invasores tenían papeles donde el municipio les daba la posesión y la policía los defendía.
La razón estaba con nosotros, en las casi cincuenta manzanas que ocupaba San Mateo, apenas habían cuatro áreas destinadas a parque, aunque en veinte años sólo habíamos logrado algo de cemento para los otros tres. La zona invadida en cambio era rocosa, muy desnivelada y en los aniversarios del barrio sólo alcanzábamos a ordenar las piedras, pintar las que podíamos y retirar desmonte y basura que echaban algunas empresas y vecinos inconscientes.
El periodista entrevistaba al Dr. Quenta, abogado del municipio; hombre bajito y regordete, con cara extraña que adornaba con un bigotito, haciendo aún más llamativo su rostro. Cuando ingresé se encontraba frente a uno de los micrófonos. En el otro “Papá”, dueño de la emisora, le hacía las preguntas de rigor con su conocida voz de locutor y mucha solemnidad. Aparte del controlador tras la ventana, no había nadie más en el local.
—...pero doctor ¿es legal que esos terrenos se hallan vendido a ciudadanos de la localidad?— y el doctorcito empezaba a responder —hay necesidad de vivienda, hay mucha tugurización en Pilcas... aquí traigo los documentos mediante...—
No me aguanté e ingresé empujando al abogado que empezó a gritarme mientras intentaba retomar su lugar. Yo, encolerizado levanté más la voz.
El periodista, impuso orden —¿qué pasa señor?... guarde compostura que aquí todos tienen derecho a intervenir— me dijo, mientras me cedía otro micrófono. Así iniciamos un diálogo de casi dos horas, junto a tres vecinos que intervinieron por teléfono, y también 2 funcionarios municipales, que dieron mas claridad al asunto.
Esa fue mi primera intervención en la cancha grande y, al decir de muchos, no lo hice mal. Al salir de la emisora varios vecinos de San Mateo, que se habían concentrado frente a la radio me recibieron con aplausos... empecé a gozar del gustito que da el reconocimiento público.
El debate había puesto el asunto en la atención de todo Pilcas. Subimos y cada vez éramos más, ya arriba en San Mateo el grupo era muy ruidoso y al paso iban saliendo más y más vecinos. Hombres y mujeres, todos juntos y me ponían al frente, camino a la invasión decían.
Esto era ya otra cosa, yo apenas era el nuevo secretario de cultura y buscaba en el tumulto la cara del secretario general del barrio, seguro que estaba trabajando. No podía dejarlos para ir a mi casa a almorzar.
—¡A la invasión! ¡a la invasión!— se escuchaba cada vez más alto. En unos minutos llegamos a la zona invadida; cuando estuve frente a los pocos policías no les tuve temor, como otras veces.
Al frente, más asustados que yo, ví a quienes pretendían ser nuestros vecinos, conocía a algunos. De verdad que no los culpaba, nuestros padres también invadieron años atrás lo que hoy es San Mateo.
Estaban organizados, pero nada podían hacer ahora pues éramos muchos más que ellos. El temor los hizo bajar sus palos, y a gritos pedían que ingrese sólo una comisión. Ningún dirigente se apersonaba, así que me hice acompañar con un vecino a quien apenas conocía y con la señora Fidela, una buena señora que siempre estaba donde se necesitaba ayuda.
Mientras conversábamos con los invasores se hizo presente el comisario, quien entró en silencio y con mala cara... afuera se escuchaban los gritos de los vecinos. Al rato llegó don Victorio, uno de los pocos regidores respetados por la población, y más tarde la fiscal.
Lo que aprendí minutos antes durante la conversa en la radio me fue útil, además, el vecino que me acompañaba era abogado, así que en el terreno llegamos a acuerdos que nos permitieron salir del lugar triunfadores.
La noche anterior no me hubiera imaginado que ahora estaría protagonizando un rápido mitin donde consolidamos lo avanzado. Allí estuvimos hasta las cinco de la tarde en que se retiró el último invasor. Mi día de descanso se había ido en ésta bronca.
En el transcurso todo San Mateo se había hecho presente. Carmen también, me trajo de comer y mas tarde una chompa, estuvo cerca poco tiempo, pero allí estaba... sentí su mirada de aprobación mientras hablaba en el mitin, ¡qué rico carajo!.
A exigencia de los demás directivos de San Mateo organizamos pequeños grupos de vecinos, quienes se turnarían haciendo guardia para que se cumplan los acuerdos. Los demás retornamos a nuestros hogares.
Al día siguiente el alcalde se comprometió en los noticieros de las radios a nivelar el terreno y conseguir recursos para construir un verdadero parque... San Mateo había ganado.
Aunque la municipalidad nunca cumplió, Melanio López se había convertido de la noche a la mañana en hombre público, reconocido mas allá de San Mateo, en los otros asentamientos humanos y en toda Pilcas. Nunca más fue el de siempre.
Apenas seis meses atrás había accedido a acompañar a Carmen a la capilla y a la segunda semana nos convertimos en pareja guía. No entendía nada de la Biblia, pero las parejas con quienes nos reuníamos hacían silencio cuando hablaba de mis experiencias y de las de amigos o familiares, de mis “vivencias” decía Frank, a quien conocí en ese grupo.
En la primera asamblea comunal a la que asistí nadie quiso aceptar el cargo y terminé d secretario de cultura de la junta vecinal de San Mateo, durante tres meses apenas nos habíamos reunido dos veces. Y ahora, Melanio era hombre público.


La viejita se detuvo y lo hice con ella, me dio ganas de coger también su lado del timón, pero me contuve, ella no tenía apuro y me hizo sentir, luego de años, que había tiempo y que debía descansar.
Ya estábamos a mas de la mitad de la cuesta y se podía ver mejor la ciudad, los pocos edificios modernos sobresalían con sus luces y a esa hora de la noche poca gente pasaba por el lugar.
Aunque tarde, encontraría despierta a Carmen, ella siempre me esperaba y podríamos conversar de los chicos, seguro que los dos dormían; estaba con nosotros Carlitos, el mayor, acababa de ingresar a la universidad y venía a Pilcas cada quince días...
Unos minutos de retraso no cambiarían las cosas. Como decía Carmen, yo exageraba... de lunes a viernes el trabajo era intenso desde las siete y media de la mañana en que llegaba a la oficina, hasta las ocho o, como éste día, cerca de la media noche en que regresaba a casa... son las responsabilidades adquiridas me decía yo, mientras ella me repetía molesta que era un adicto, sí, un adicto al trabajo...


Estábamos a seis meses de las elecciones y gente a la que poco conocía empezó a presentarse casi accidentalmente, así conocí a Jorge y a Juana; él, de cara amigable, entraba a los treinticinco años, dos menos que yo; era funcionario de uno de los municipios de la ciudad y siempre se lo había visto vinculado a las campañas electorales provinciales en diferentes períodos, aunque sus candidatos nunca habían ganado una elección.
Juana, en cambio, era una mujer guapa, algo gordita tal vez, pero de rostro agradable y un cuerpo provocativo que sabía mostrar, y también ocultar; tenía su microempresa de publicidad y se la veía en todos sitios... era amiga de los funcionarios y empresarios de Pilcas. Las relaciones eran la base para conseguir contratos, decía ella.
Juntos hacían un buen equipo; me gustaba escucharlos, sabían evaluar lo que venía ocurriendo en la ciudad... desde que se presentaron, empezaron a hacerme ver todo lo que yo podría hacer, adulaciones decía yo, pero los dejaba hablar y me sentía bien con ellas.
No formaban parte del grupo de poder local, pero conocían a medio mundo y parece que no se peleaban nunca con nadie y, si lo hacían, los seguían saludando con mucha afabilidad, algo que yo nunca aprendí...
Cuando lo plantearon les dije que lo pensaría. Esa noche lo conversamos bastante con Carmen, hacía ya una semana que me propusieron que me presente para alcalde; yo quería servir a mi gente y, como lo decían Jorge y Juana, “...mi participación exitosa en la recuperación del parque y el reconocimiento de la población había trascendido las fronteras de San Mateo hasta alcanzar el nivel local...”. Se abría la oportunidad para que Melanio López sea alcalde.
Como otras veces, con su silencio Carmen me hablaba de sus reservas, no se trataba de decisiones fáciles; y era cierto, ni sabía quiénes me acompañarían, Jorge y Juana dijeron que ellos se encargarían. Como siempre, no supe esperar su respuesta y apresuré la mía, finalmente “lo decidimos”, sería candidato a alcalde.
J y J, como yo llamaba a Jorge y Juana, se hicieron mis asesores, pero más que eso, dirigieron la campaña y quitaron mis intenciones de hacerlo libre de “compromisos”, como le prometí a Carmen, pues tendrían que pagarse en el gobierno futuro. Así llegaron primero las banderolas, luego los polos, la pintura y también dinero en efectivo; todo serviría para “levantar mi imagen” y conducirme al triunfo.
Una vez metido, Carmen me apoyó en todo, no sé de dónde sacó dinero, pero duplicó lo que teníamos ahorrado... dimos para la campaña mas de 3,000 soles, no podíamos más.
Conformamos un movimiento local independiente, era lo que estaba de moda, los partidos habían caído. Claro que los recursos que movíamos eran nada, comparados con los del alcalde candidato a la reelección, él era del partido de gobierno; y mucho menores también que los del doctor que postulaba por tercera vez, y que todos decían que ahora sí tenía opción.
Muchas entrevistas, dos mítines y hasta una polémica con los otros dos candidatos. Yo sólo hablaba de lo que quería como poblador, como padre, de la necesidad de compartir decisiones, del deseo de que todos nos entendamos, de la necesidad de ser coherentes entre lo que decimos y hacemos... de ser honrado.
Yo era nuevo en todo y no tenían qué criticarme, en la penúltima semana ya me sabían un fuerte competidor, luego de la polémica en radio “Papá” y las llamadas telefónicas de la población apoyando a Melanio. Fue cuando comenzaron los pasquines casa por casa, donde me ponían hasta de ladrón.
En esa última fase de la campaña, estaba asqueado y casi tirando la toalla; J y J estaban preocupados y me permitieron que hable públicamente de lo que yo entendía, de la necesidad de actuar limpiamente y desterrar la corrupción. Si ganaba, nunca sabría si fue la voluntad de cambio de los ciudadanos de Pilcas lo que me llevó al triunfo o el influjo de la campaña impulsada por J y J y apoyada por “papá”, quien se sentía padre de mi candidatura.


El triciclo ya no era tan pesado, casi avanzaba sólo, la pendiente era menor, entendí que mi tarea había acabado —la dejo señora...— y esta vez si escuché la respuesta —muchas gracias señor alcalde— mientras aceleraba la marcha alejándome del triciclo.
Las luces de la parte baja contrastaban con el entorno más cercano... había oscuridad en ésta zona. Al comienzo los vecinos me habían recriminado por no sacar obras para el barrio, o para mi cuadra, pero yo siempre dije que había un plan de obras que priorizaba las inversiones en la ciudad, y que llegarían en su momento las obras a nuestro barrio. En su momento se asfaltaron las calles principales y logramos el parque que tanto queríamos en San Mateo. No sé si lo entendían, pues cuando me volvían a encontrar repetían sus reclamos.
Toda una vida había vivido acá, pero la zona no era segura y había llegado el momento de mudarme a una zona más cómoda, aunque Carmen no quería. Esperaría a que acabe mi período pues la gente siempre piensa lo peor.
Los pedidos de obras siempre fueron un problema que prefería no enfrentar, pero eran ineludibles. Limitados por los escasos recursos que transferían desde Lima, tenía que priorizar una de las tantas carencias de nuestra ciudad; finalmente, sólo unos quedaban satisfechos y muchos descontentos.


En un viaje a la capital, me di tiempo para apoyar a una nueva organización vecinal, la más grande de Pilcas, y conseguirles una buena cotización para su red de distribución de electricidad; algunas empresas que hicieron obras para el municipio siempre me habían ofrecido ayuda, y seleccioné una porque estaba cerca del lugar donde me alojaría...
Al bajar del omnibus reconocí a Edgar Espinoza, el asesor legal de la constructora, él fue quien más de una vez ofreció apoyar en lo que sea de mi interés. Fue difícil hacerle entender que antes tenía que hacer unos trámites y que prefería movilizarme en taxi y no en su linda camioneta con lunas polarizadas.
Estaba arrepentido de haberlos contactado previamente para que me hagan la cotización. Quedé con Edgar en que acabada la tarde me recogería de casa de unos parientes; siempre me alojaba allí para ahorrar algunos soles al municipio, ¡cómo eran esos tiempos!...
A las 6 de la tarde en punto me recogió y fuimos a su estudio donde conocí a don Humberto Piazza, el gerente administrativo. Hombre de ademanes finos, parecía extranjero. Les presenté los planos que me habían entregado los dirigentes, me atendieron muy bien y se comprometieron a enviar después la cotización.
Aunque estaba cansado no pude evitar ir a cenar con ellos; elegí comida oriental y me llevaron a un lugar finísimo; los chinos, dueños del lugar, nos recibieron con mucho respeto. Me quedé admirado de las ventanas que nos rodeaban, por las que resbalaba permanentemente agua.
Pasamos a una habitación adornada con esculturas de marfil y cuadros de corcho; al costado, dentro de la habitación había un jardincito que combinaba armoniosamente rocas, plantas, flores, arbolitos y caídas de agua... nunca antes había visto algo igual. En el centro una gran mesa redonda.
Dejé que pidieran ellos y en poco tiempo fui viendo como el centro rotatorio de la mesa se llenanba de ricos y humeantes platos...
Gocé de principio a fin con la comida; me sentía lleno, pero seguía comiendo. Todo estaba pagado y, como decía mi papá, “en el chifa, luego de un par de pedos volverás a estar ligero”. Hablamos de todo.
Habíamos tomado vino y licor de arroz, todo lo aceptaba y ya no importaba lo que conversábamos, para mí el trabajo había terminado y mis sentidos estaban dispuestos a gozar de los placeres del paladar y la vista que ofrecía el lugar.
Ya era tarde cuando subimos nuevamente a la camioneta para salir con rumbo desconocido, dijeron a tomar unos tragos y nos fuimos metiendo por zonas residenciales, hasta que llegamos a un local que por fuera apenas decía lo que dentro encontramos.
Niñas, lindas jovencitas con breves mallas muy apretadas se acomodaban al lado nuestro, me ofrecieron dos muy bonitas, pero creo que fueron conscientes de mi incomodidad; me dejaron una a la que no me atreví a abrazar, no llegaría ni a los 18, muy linda por supuesto, no tenía hijas pero ésta podía serlo.
La conversación entre los tres se perdió para empezar a hablar con las niñas de horóscopo, música y otras tonteras. Les dije para irnos cuando empezó el show... dije que estaba cansado y rápidamente nos despedimos de las niñas. No estaba molesto, algo incómodo quizá, pero ellos estaban preocupados.
Nos estacionamos en una avenida principal y Edgar inició la conversación sobre la ampliación de obras de la municipalidad a la que se habían presentado, como siempre, les respondí que si eran los mejores y ofrecían el mejor precio ganarían la licitación.
Retomé el tema de la electrificación que me había traído a su oficina; Espinoza sutilmente deslizó la idea de que si ganaban la licitación, y teniendo en Pilcas su equipo técnico, no sería para ellos nada difícil cobrar sólo el 50 % de lo que ofreciera cualquier empresa por la electrificación.
No sé que me pasó, tal vez estaba realmente agradecido por lo que me habían hecho conocer, o fue la forma tan “elegante” de plantearlo que sabiendo el significado del ofrecimiento, sólo alcancé a sonreír mientras les pedía que aceleren a casa porque ya era tarde.
Ganaron la licitación, yo no hice nada, pero la ganaron y al día siguiente se presentó Edgar a mi oficina a cumplir su ofrecimiento para la electrificación, así que concerté una cita con los dirigentes de la organización beneficiada.
Cuando manifestó que su empresa quería hacer algo por mí, le dije que no se molestara pero no dije más. Él respondió que hallarían la manera de agradecerme... esa fue la primera vez.
Luego de tres semanas Carmen leyó el saldo de nuestra cuenta de ahorros y encontró 5,000 soles que nunca habíamos depositado. Cuando fuimos a averiguar por su origen descubrimos que era un depósito realizado en Lima por un señor Edgar Espinoza.
Le conté de qué se trataba, que finalmente no había hecho yo nada, que el dinero estaba allí, que había venido junto con un gran descuento para la población y, finalmente, que lo necesitábamos, que... en fin, tantos argumentos que de poco sirvieron, pues Carmen cerró la conversación diciéndome que tenía que devolverlos.
Por varios días le di vueltas al asunto, quería quedármelos, pero sabía que no me los había ganado limpiamente, así que los saqué de mi cuenta. Luego de una semana llegué a casa con un televisor a colores y ropa para los chicos, fueron los últimos reales de “la bolsa” recibida, todo lo demás fue gastado en donaciones para colegios y algunas personas necesitadas... había empezado.


Todavía faltaban unas cuadras para llegar a casa, avanzaba tranquilo, sin apuro. Aquí arriba, en San Mateo, teníamos iluminación desde hacían varios años, pero los postes, de viejos rieles de tren que desechó la empresa y donó en algún momento, estaban muy distanciados entre sí y varios de ellos apagados.
Pateé la piedra y me dolió tremendamente. Esos zapatos los compré en Lima, me gustaron apenas los vi, pero Carmen siempre se burlaba diciéndome que eran pitucos.
Sólo la subida y la avenida principal estaban asfaltadas, mientras que las otras calles recibían mantenimiento cada cinco ó diez años... no se podía hacer más. Ya habían pasado mas de cuatro años desde que la camioneta del municipio o un Taxi de una empresa local me transportaban a todo lugar, ya casi no caminaba para nada y menos por éstos sitios...


Las noticias sobre Sendero por varios años nos tenían asustados a todos en el país. Esa tarde la sub-prefectura reunió a las autoridades locales para hacernos ver la necesidad de extremar la seguridad... ¡especialmente usted señor alcalde! había dicho el oficial que vino desde Lima.
Nunca hubo acto terrorista en la localidad, pero las palabras del policía calaron tan profundo que pasé varios días sin saber qué hacer; aunque trataba de no mostrarlo, me cagaba de miedo. No quería alarmar a Carmen, pero tampoco pude evitar contárselo...
Ella entendió que había que extremar medidas y tener mas seguridad —ya no Melanio— me dijo —no sigas trasladándote a pie o en micro—. A partir del día siguiente el viaje entre la municipalidad y mi casa, lo hice en un vehículo de la municipalidad; algunas veces un automóvil, la mayor parte de las veces la camioneta o hasta el camioncito fueron mis “vehículos de seguridad”.
Como decía mi papá “la comodidad se hace costumbre y sin darse cuenta uno luego quiere más”... así es, ya no había mas Sendero, pero luego el pretexto fue aprovechar mejor mi tiempo, o trasladar a las personalidades que nos visitaban.
Al ingresar a mi segundo período dejé fácilmente que J y J me convencieran de la necesidad de que el alcalde cuente con un vehículo para su uso exclusivo. Entonces se compró una linda camioneta de doble tracción que por muchos meses fue la envidia de muchos empresarios locales.


Ya podía ver mi casita, faltaban unos metros para llegar. Hacían mas de dos años que el gobierno otorgó sueldo a los alcaldes, así que me retiré de la empresa para dedicarme a tiempo completo al municipio. Las condiciones en mi hogar habían mejorado mucho, casi ganaba el triple que cuando era obrero.
Al comienzo dediqué un tercio del sueldo a las actividades de representación que nunca faltaban y que antes se cubrían con mis dietas, como ser padrino de un colegio o de una calle. Luego ya no fue necesario.
En casa estábamos mejor que antes, pero también gastábamos más... ahora mis hijos iban a colegio particular y llegaron las necesarias mejoras a nuestra casita, ya estaba tarrajeada y mejoré las ventanas...
Cuando saludé a Carmen percibí el aire cargado en el ambiente... los chicos dormían y cené en silencio mientras ella terminaba un pisito a crochet, seguro que había tenido un mal día. Quise contagiarle mi felicidad pero fue imposible... la conocía, y sabía que en esos casos mas valía ir en silencio al sobre.
—Melanio...— me dijo mientras apagaba la lámpara de su velador —... es cierto lo que comentan— la miré con curiosidad, no entendía, pero debía de ser algo muy grave para que lo diga así —¿a qué te refieres mujer?— me puso la mano en la mejilla para decirme —aceptaste plata para pasarte al partido de gobierno...—.
Rápidamente mi fresco sentimiento de satisfacción por ayudar al prójimo pasó a convertirse en sentimiento de culpa, la miré fijamente, no sabía que decir, la hice a un lado y me dirigí lentamente hacia el baño...


Recuerdo ese día tres años atrás, eran casi las 11 de la noche cuando llegó a casa don Jacinto Ramírez, dueño de una emisora de radio de alcance nacional, alcalde de Talas, la ciudad más grande de la región; era un tipo simpático, con la sonrisa siempre en los labios. A pesar de ser pieza importante del partido oficialista, no se mostraba pedante como los otros.
Carmen y yo nos sentimos muy sorprendidos... traía una damajuana con un riquísimo vino de su tierra; tomé la primera copa con agrado, sentía las uvas en mi paladar. Carmen como siempre no aceptó y nos miraba distante. Se dirigió a la cocina a preparar algo.
Hablamos de generalidades, de la última Asamblea Nacional de Alcaldes, de la importancia de tener obras para la ciudad, de las necesidades de Pilcas... el vino se me subió rápidamente a la cabeza hasta que llegó la cena. Carmen sirvió y se fue a arreglar las cosas a la cocina.
Le hice bromas respecto de los recursos que estaba llevando para su ciudad; fue entonces que se puso seria la conversación... su tono cambió rápidamente y bajó la voz —Melanio, tu sabes que hay recursos para Pilcas, tenemos el financiamiento para la planta de tratamiento de agua y para construir el estadio monumental que tanto has pedido, tú sabes que para la gente las obras mandan...— ya sabía lo que se venía y ensayaba múltiples respuestas en mi cabeza, y entonces me di cuenta de que realmente no tenía respuesta...
—...hasta podrás tener sueldos para más gente en tu municipalidad... ¿qué mas quieres?, ¡pide!... con eso tendrás asegurada tu segunda reelección, todos sabemos que mereces un tiempo más en la alcaldía— estos desgraciados lo tienen todo amarrado, pensé... —¡entonces que se haga!— le dije con cara de burla.
Pero don Jacinto me conocía y no dejaba de mirarme a los ojos mientras se reía —... pero tu sabes ¿cómo es?, te alineas con nosotros en le próxima Asamblea de Alcaldes, mira, tenemos que formar un núcleo acá en el sur, p...— lo escuchaba, sabía que tenía poder y que lo que ofrecía se hacía, pero ¿cuándo se enteren los demás alcaldes?...
Me cogió del hombro para decirme —mira tu casa Melanio, no vives como alcalde, no es que sea un fijón, pero ¿no te gustaría tener un baño bien construido?— me daba cólera que lo dijera así, pero no quería mandarlo a la mierda. Años atrás lo hubiera hecho, pero ahora lo escuchaba...
—...sólo tienes que decir sí y al día siguiente recibirás 5,000 dólares para tu tercera campaña ¿te parece? y luego, seguiremos aportando mensualmente para tu campaña...— no sabía qué decir ¿era una oportunidad?.
No sé como es que apareció Carmen en la sala —¡Melanio!, no te das cuenta que te está ofendiendo éste “señor”, cree que eres un delincuente, que te vendes por dólares, está faltando el respeto a nuestra familia...— seguía hablando y subía cada vez mas la voz...
Don Jacinto empezó a coger su saco, Carmen lo había botado por tercera vez, y yo callé, la conocía y sabía que cuando ella por fin hablaba, decir algo sería empeorar las cosas —ya Carmen, déjame a mí por favor, anda pa’dentro— sólo me quedó despedirme de don Jacinto.
Cuando salíamos hacia la puerta me puse entre Carmen y don Jacinto pidiéndole que guarde silencio y empujándola hacia la casa, no lo vi molesto, creo que don Jacinto lo entendió... yo necesitaba tiempo para pensarlo.
Ya en la cama pasamos horas sin dormir; ella me exigía que diga que no me vendería. Luego de hacerme el ofendido por sus palabras, no logré siquiera un minuto hacerla calcular el significado que tendría para el progreso de nuestra familia.
Carmen tenía otra lógica —yo me casé con un hombre honesto y trabajador, por eso te he admirado siempre, como hoy lo hacen tus hijos y tus vecinos... ¿qué te está pasando Melanio? ¿se te subió la ambición a la cabeza?— lo decía con cólera, como no había visto antes, y ya empezaba a llorar.
Se sentó en la cama para recordarme como era antes —siempre dijiste que el éxito no tenía que ver con lo que tengas... sinvergüenza, ha visto nuestro baño en construcción, pero limpio, sí Melanio, pobre tal vez pero limpio y así tienes que ser tú, así es tu familia...— ahora lloraba —tenemos lo que necesitamos— de verdad que quería que me convenza, teía razón, la ambición amenazaba con dominarme o ¿ya lo había hecho?.
Aunque me escuchó prometerlo, esta vez fue diferente, se durmió sola, llorando en su lado de la cama, mientras yo aún la escuchaba pero también a don Jacinto. Tendría aún tiempo para decidir, es cierto que necesitaba un tercer gobierno...
Al comienzo aprendí a decir sí a todos y cada uno de los que venían a tratar conmigo sobre su éxito en alguna licitación, así no había pierde y, gane quien gane eso no es delito, todos lo hacían. Pero luego vinieron ofrecimientos más grandes y me hice de socios dentro de la municipalidad... plancharía esas arrugas en los últimos 12 meses de gobierno, pensé, pero una vez adentro, no puedes parar... parte ingresaba a mi casa como ahorro de mis viáticos, pero otro tanto lo tenía mi hermano en cuentas a plazo fijo...


Sentado en el inodoro, revisaba todo lo conversado con Carmen, otra vez ensayaba respuestas y me daba la razón. Sabía que si regresaba y ella no dormía la bronca se haría más grande... estuve allí mas de una hora, hasta que me di cuenta de que la sequedad y el frío me causaban dolor.
Cuando regresé al dormitorio ella estaba sentada a un lado de la cama, la cosa se ponía mal —Melanio, ya hablé bastante y no escuchaste, te has convertido en un alcalde corrupto...— fue entonces cuando levanté la mano y le di una cachetada que la hizo retroceder hasta caer de espaldas en la cama.
No sé como lo hice, pero ya era tarde. Su voz se confundía con su llanto mientras mi cólera se convertía en necesidad de callarla. Mis hijos salieron a ver qué pasaba... qué cuadro más horrible, nunca antes le había puesto la mano encima, ni a ella ni a mis hijos, le pedí disculpas, pero sólo sirvió para que calmara su llanto y aclare su voz.
Le pidió a Carlos que lleve a sus hermanos donde sus abuelitos que vivían al frente, los llevó de la mano a arroparlos en la habitación de al lado. Les dijo que no se preocupen, que teníamos que conversar... hasta en ése momento se sobrepuso y los protegió. Yo los animaba diciéndoles que no se preocupen, que teníamos que conversar.
Me había sentado en uno de los sillones de la sala... ya estaba decido a salir de la casa cuando la sentí regresar. Había contenido su cólera en silencio mientras los chicos se alejaban —Melanio, te has vuelto un degenerado, yo te apoyé en todo hasta ahora, creí en ti cuando me dijiste que no volverías a recibir coimas, pero esto cada vez en peor—.
Estaba realmente cruzado, en pocos minutos todo había cambiado en mi vida —pero Carmen, en que te basas p...— no me dejó terminar —Juana, tu cuñada, me ha traído esto. Dice que esa empresa que ha formado tu hermano usando las iniciales de los nombres de nuestros hijos es sólo con tu plata—.
Siempre había postergado el momento de decírselo sólo me quedó escucharla —y por que te lo digo, me pegas; ya no hay respeto entre los dos, mejor lárgate de la casa, de mi casa, no aceptaré que pongas plata mal ganada en ella ¡lárgate!— llanto y rabia le daban a su rostro una fuerza que no conocía.
—Bah, mujer, todos lo hacen— dejó de llorar para responder —ahora me doy cuenta de que si antes criticaste a los corruptos sólo fue por envidia, porque tú no podías robar como ellos, pero ahora...—. Sus argumentos eran fuertes, los mismos que me había escuchado años atrás, pero es que ella no había visto lo que yo, me justificaba
—En el fondo sólo eres una egoísta, quieres negarle a tus hijos la posibilidad de tener un futuro seguro, de que puedan tener una buena escuela de...— empezó a reír, a reírse de mí —escuela, de eso debes preocuparte, de no darle esa escuela de corrupción que has traído a casa, no sabes lo que dices—.
Me puse otra vez la ropa con que había venido y guardé silencio. Mientras salía escuché que me amenazaba —y no regreses, no regreses te digo, porque lo contaré a la radio, porque esa imagen que te has hecho es una mentira y la gente todavía cree en ti...— al cerrar la puerta no la escuché mas —esta loca de mierda es capaz...— terminé pensando.
Avergonzado, molesto, ya no entendía o que sentía. Había callado como nunca, ¿es que no tenía qué decir? Antes siempre le gané en las discusiones... realmente había cambiado. Me puse el saco que llevaba colgado al hombro... si hacía frío no lo sentía, pero me estorbaría menos puesto.
Regresé por donde hace unos minutos ascendí sintiéndome el hombre más bueno del mundo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Vamos, anímate y comparte tus ideas...